Cuando muere el pensar

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republicación de el mercurio
por Cristián Warnken

Cada vez que un pensador o gran maestro de filosofía fallece, el país pierde una riqueza muy escasa en estos días, que no puede ser medida, pero que es fundamental desde una mirada humanista de la realidad.

Da la impresión de que cada vez se piensa menos, que el activismo y la urgencia de nuestra sociedad de ritmos vertiginosos y preocupada de rendimientos cuantificables y a veces alienantes deja poco espacio y sobre todo poco tiempo para el ejercicio del pensar. Abundan las consignas, las ideas hechas, pero escasea el pensar.

En algún momento de nuestra historia, el pensar y la filosofía se volvieron peligrosos; pero hoy ambos se han vuelto inútiles, inocuos. ¿No es, acaso, ello más grave y más letal? A un Sócrates local no sería necesario suministrarle la cicuta para neutralizarlo, es más efectivo el ninguneo y la indiferencia que ha convertido a la filosofía en la “cenicienta” de la casa. Hace poco unos funcionarios del Ministerio de Educación querían disminuir su ya menguada presencia en la enseñanza escolar. Podría decirse que el país es un páramo para el cultivo de la filosofía, que requiere mucho estudio, mucha disciplina, mucha vocación. Y el que hayan circulado por estas calles figuras de la talla de Jorge Millas, Humberto Giannini o Jorge Eduardo Rivera nos parece casi un milagro, una suerte de desierto florido en un yermo intelectual.

Hubo en Chile un tiempo en que la filosofía -a pesar de la austeridad de un país más aislado y precario que ahora- ocupaba un cierto lugar. Había escuelas de filosofía, y estudiar filosofía no parecía un desvarío. En esos tiempos estudió José Jara, oriundo de Valparaíso como Giannini y Rivera. ¿Tiene la ciudad puerto una cierta predisposición para el divagar peripatético y el pensar meditativo? José Jara terminó sus estudios en Alemania, donde se doctoró en 1975. La Universidad de Chile había sido intervenida y diezmada y su errancia seguiría en Venezuela, donde ejerció como docente.

Tuve el privilegio de conocer a José Jara a raíz de la reedición de una traducción suya de la “Ciencia jovial”, título más feliz que el de la “Gaya ciencia” que le habían dado los traductores españoles. La pasión y la vocación de Jara fue Nietzsche y también Foucault. De un profesor que enseñaba muy mal al filósofo alemán le escuché decir una vez a un alumno: “este hace el milagro de hacer clases aburridas con Nietzsche”. Todo lo contrario de Jara.

Los testimonios de sus alumnos sobre sus clases en la Universidad de Valparaíso hablan de revelaciones y de una calidez de maestro para traspasar desde la fuente misma y con una voz inconfundible el temblor, la energía de un pensar vivo, de un pensar que contagia y nos hace arriesgarnos en la vida. Jara aceptó nuestras temerarias invitaciones a participar en “catas” de poesía y filosofía, hasta actuó de Nietzsche en un teatro lleno que lo escuchó leer directamente del alemán. Había que ser consecuente con el pensador que dijo alguna vez “sospecho de toda verdad que no vaya acompañada de una carcajada”.

Jara dice en ese magistral ensayo suyo “Nietzsche, un pensador póstumo”: “Nietzsche es uno de aquellos hombres que a través de sus escritos da que pensar”. Eso podemos decir del mismo Jara y sus libros y clases: “daba que pensar”. Ya no fumaba Gitanes, pero su voz grave acusaba el desgaste de tantas noches de estudios y desvelo en Caracas o Valparaíso para buscar una precisión o un matiz en un texto filosófico. Se presentó de candidato a director de su propia escuela de filosofía, pero perdió, porque los verdaderos filósofos no suelen ser buenos políticos. Resistió esa dolorosa derrota y otras con estoicismo, un estoicismo no teórico, porque en maestros como Jara las ideas encarnan, viven, y cuando el maestro que las encarna muere, algo de ese pensar también muere. Y quedamos solos y desabrigados en lo abierto, en el abismo que somos y desde donde -sin comodidades ni conformismos- la filosofía piensa.