El COVID 19 es ocasión para preguntarnos cómo actuaríamos en condiciones extremas

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Imagen: Sergio Rojas lee “Estética del malestar II” en Galpón 5 del Persa Bío bío (14/12/2019)

El domingo 22 de marzo el poeta y periodista Sebastián Herrera entrevistó a Sergio Rojas, filósofo, Doctor en Literatura y Profesor Titular de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, quien, a cinco meses del inicio del estallido social en el país, observa y analiza los cambios que ha producido el nuevo actor que entró en escena: el Covid-19.

S.H.: El 18 de octubre explotó todo y, de pronto, emergieron una serie de intérpretes con ánimo de traducir el malestar, sin embargo, nadie ha sido capaz de descifrar lo que continúa estallando. Hoy aparece un nuevo elemento: una pandemia, un virus que viene a a taponear una idea, que que desencadenó el 18 de octubre, la toma de la calle, la recuperación del espacio público. El COVID-19 nos tiene implorando cuarentena, encierros e intimidad. En ese binarismo sin matices nos hemos movido los últimos 5 meses. ¿Cuál es el lugar de lo particular? ¿La solución se encuentra en Chile?, ¿cómo dar lectura a todo esto?

S.R.: Me interesa subrayar en tu pregunta lo que señalas acerca de que una gran cantidad de sujetos a partir del 18-O comenzaron, a través de diversos medios, a interpretar lo que había comenzado a suceder. Es decir, lo que se desencadenó en ese momento no fue sólo un imperativo de actuar, de hacer algo -lo que cada persona resolvía con acuerdo a sus convicciones y estado de ánimo-, sino también la urgente necesidad de comprender el proceso en el que nos encontrábamos. Las interpretaciones venían desde la sociología, la psicología, la antropología, incluso desde la filosofía. No se trataba sólo de entender el sentido de determinado discurso político o las consecuencias de tal o cual decisión del gobierno o las implicancias de un acontecimiento económico particular; más bien lo que pasaba es que el proceso que se había desencadenado en octubre planteaba la necesidad, pero también la ocasión, para elaborar una comprensión global de lo que nos estaba pasando. Una cierta totalidad estaba aconteciendo, de apronto fue manifiesto algo nos estaba sucediendo a todos, no existía ningún lugar que no estuviese siendo radicalmente alterado y en esa alteración cada sitio era puesto en relación con todo lo demás. El país no dejaba de estar dividido, confrontado internamente, desorientado respecto a su futuro inmediato, por lo tanto, eso que nos pasaba a todos no nos unía, incluso venía en muchos casos a radicalizar relaciones de oposición o, incluso, de odiosidad. Pero lo que emergía era el hecho de que todos éramos parte de lo mismo, y esto tremendo es lo que se necesitaba comprender. Como bien dices, nadie podía “descifrar el estallido”, pero lo que se buscaba no eran precisamente conclusiones políticas. En cierto sentido, la clase política ha sido descalificada por esa mismidad totalizante que transformó en ciega mezquindad lo que hasta hace poco era la esencia de la actividad política: el “cálculo político” electoralista. Pues bien, el COVID-19 provoca también ese efecto totalizante: hoy estamos todos acechados por la misma amenaza, y ese “todos” es prácticamente literal: todo el mundo está en peligro. ¿Qué es lo que sucede? Podría decirse, como sugieres en tu pregunta: el país tuvo que abandonar la calle, las personas regresaron a sus casas para enclaustrarse y cuidar cada uno su vida y la de los suyos. Todo contacto humano se volvió un potencial peligro. La pandemia es algo que en cada caso le ocurre a cada uno, en su cuerpo particular; en el país los medios informan el aumento de los enfermos uno a uno, sabemos en cada momento cuantos casos se han dado en cada comuna. “Estoy vivo, luego, estoy en peligro”, este es el presentimiento que nos envió de regreso a nuestras casas, pero no sólo desde “la calle”, sino también desde el lugar de trabajo, desde la escuela o la universidad, desde el café o el restaurante, desde el paseo dominical, etc. El espacio público no es sólo “la calle”. Pareciera que ese binarismo que de alguna forma había capturado el imaginario político, entre la calle “insubordinada” promesa de comunidad o la doméstica intimidad “resignada” en su individualismo, también queda ahora puesto en cuestión. Acaso descubramos que el “lugar” político del individuo es más bien el desplazamiento entre lugares y que sólo en ese desplazamiento, en ese “entre”, hay encuentros.

S.H.: Hubo, desde el 18 de octubre hasta antes de desatarse la pandemia, la necesidad de volcar hacia afuera absolutamente todo, convertir en intemperie cada espacio: el trabajo, los formas hacer comunidad, los modos de relacionarnos con nosotros mismos y nuestro entorno. El mundo neoliberal que se vivía en Chile, hasta antes de COVID19, estaban agrietándose, al punto de derrumbarse. Sin embargo, tras 5 meses de ese despertar y de la explosión del malestar, viene una nueva explosión, de mayor magnitud, que viene a cuestionar si los posibles mundos que estábamos imaginando eran realmente posibles. Cuando antes existía la posibilidad de revelarse y convertir todo en público, hoy el COVID19 nos dice que no es posible y que también el espacio íntimo perderá los límites que lo hacían estar exento de ciertas disputas neoliberales, ya que ahora, con el teletrabajo, el hogar es un espacio de producción, ¿qué queda fuera del neoliberalismo? ¿Solo la suerte o azar de recordar nuestros sueños mientras dormimos?

S.R.: Aún no llegamos de entender con claridad lo que comenzó a suceder el 18 de octubre pasado. En todo caso, me parece que más que la necesidad de “convertir en intemperie” nuestros espacios habituales de habitar, lo que pasaba más bien era que la intemperie misma se hacía manifiesta, el hecho de que los “principios” de la competencia, o sea, el emprendimiento, el afán por “vivir mejor” antes que vivir bien, los sueños con base en el endeudamiento renegociado, etc., constituían más bien una trama de exclusión generalizada en nombre de una inclusión infinitamente aplazada. Pero un país no cambia en tres o cuatro meses. Expresiones como “despertar” y “estallido” son sólo figuras retóricas para señalar por ahora ese acontecimiento inédito, porque se trata también de un proceso cuya dirección no está garantizada. Es necesario elaborar políticamente el curso de lo que viene. Sin duda que en los meses pasados hubo una especie de entusiasmo por las acciones de transgresión en un sector importante de la ciudadanía, y la palabra “evadir” se hizo también de alguna manera emblemática. Pero creer que a través de esas acciones -lo que algunos denominan “la revuelta”- el país se estaría sacudiendo el yugo del neoliberalismo es a mi juicio un malentendido. Imaginar una forma de vida mejor no implica sólo soñar un mundo “sin neoliberalismo”, y tampoco es suficiente representarse qué habrá en lugar de ello, sino que es necesario pensar el proceso que nos conducirá hacia allá. La idea de convertir “todo en público” no es una solución: en términos políticos me sugiere una especie de transparencia intimidante en la época de las redes digitales y en términos económicos la utopía de un acceso gratuito generalizado a los bienes culturales es algo que no pasa de ser la utopía de un consumidor cultural. Ensayando improvisadamente con los conceptos del análisis transaccional, podría decirse que estamos todavía en la condición del “niño adaptado” que se rebela contra el “padre controlador”. En este momento el COVID 19 es un problema real, de una magnitud inimaginable, al punto que Jean-Luc Nancy ha dicho que el concepto de biopolítica deviene algo “ridículo”. Claro, porque no se trata simplemente de la política ingresando en el orden de la vida, sino que es la vida misma la que en una pandemia desborda la política haciéndola colapsar. La vida humana es amenazada por otra forma de vida, se trata de un acontecimiento interespecies, a partir de esto la manera en que nos representamos la vida tendrá que cambiar. Tal como ocurre en las crisis económicas de escala planetaria, aquí tampoco existe una solución acertada y muchas equivocadas, sino que sólo existen medidas. El “niño adaptado” exige a la autoridad tomar e imponer una solución. Necesita ponerle a lo tremendo la máscara del “padre controlador”, pero, insisto, me parece que se trata de pensar medidas allí donde no existe una solución. ¡Se nos ha dicho que debemos mantener una distancia de dos metros entre las personas! ¡Es como estar de pronto en una novela de Saramago! Esta es una medida de efectiva seguridad, pero claro que nos transforma en extraños para nosotros mismos. Un sector de la ciudadanía exige al Ejecutivo cerrar fronteras nacionales y también regionales y en algunos casos incluso comunales, y ahora el gobierno hace un gesto conforme a esa demanda: toque de queda entre las 10 de la noche y las 5 de mañana. El COVID 19 es ocasión para preguntarnos cómo actuaríamos en condiciones extremas. Creo que hoy ya podemos comenzar a imaginar esas condiciones extremas al modo de un experimento mental: “¿cómo actuaría si…?” Me enteré de que, en estos días de cuarentena, en los tribunales han disminuido los delitos habituales, pero han aumentado los casos de violencia intrafamiliar, especialmente la agresión a niños. Ha venido en estos días a mi memoria un libro que en los 80 publicó el sociólogo Pablo Hunneus acerca de lo impensable de un conflicto nuclear: “cuando pidamos ayuda, nadie responderá, porque desde todos lados estarán pidiendo ayuda”. Esto no va a suceder ahora, pero es un pensamiento que nos confronta con una situación límite tan inquietante que luego, desde nuestra intimidad, podría tener alguna incidencia en la necesaria repolitización del país iniciada en octubre pasado.

S.H.: En La Cinta Blanca, el director austriaco, Michel Haneke, da cuenta de una violencia desmesurada e incomprensible. Sin voz, sin rostro, sin límites. Sin embargo, de pronto algo hace que la atención se desvíe hacia una violencia mayor, concreta y vital: el 28 de julio, Austria declara la guerra a Serbia; el 1 de agosto, Alemania a Rusia; y, el lunes siguiente, a Francia: se acercaba, inminentemente, la Gran Guerra. Hoy el mundo del Big data, predominantemente occidental, fue interceptado por otro código indescifrable e incomprensiblemente oriental. “Los países asiáticos están gestionando mejor esta crisis que Occidente. Mientras allí se trabaja con datos y mascarillas, aquí se llega tarde y se levantan fronteras”, describió, días atrás, Byung-Chul Han. El problema, muchas veces, no está en las soluciones, sino en preguntas mal planteadas, como propuso en Coloquio de Perros el arquitecto Alejandro Aravena. Quizás, sería importante recordar que el Covid-19 provino de algo que resulta excéntrico para Occidente: un plato que tiene, como elemento esencial, a los murciélagos. La cultura y sus códigos chocan. ¿Cómo encontrar un modo que establezca el bienestar común de oriente en la individualidad que exige occidente?, ¿Qué es lo que persiste en occidente y se niega a terminar en oriente y viceversa?, ¿Cuál es el estallido?

S.R.: La película de Haneke que mencionas, La cinta blanca, es una obra acerca de la maldad. Una serie de acontecimientos, cuya característica es la crueldad, se suceden inexplicablemente en un pequeño pueblo del norte de Alemania. Finalmente se descubre que fueron realizados por un grupo de niños, educados bajo una rígida moral protestante, disciplinante y castigadora. En mi lectura de esa película, se trata de una reflexión sobre el mal que resulta del propósito de realizar el bien absoluto. Es lo que sucede cuando todo, incluyendo las concretas y particulares existencias de los seres humanos, queda dispuesto como un medio para la ejecución de un programa que des-sujeta la historia. Acaso sea esto lo que sucede en el presente, cuando la trama del poder tiene el tamaño del planeta. La globalización del capital y la informatización de lo real en redes digitales planetarias constituyen formas inéditas del poder. Y cada vez que los “instrumentos” se insubordinan, exigimos una solución. No estoy convencido de que en China se haya enfrentado el COVID 19 con una solución oriental. El artículo de Byung-Chul Han que mencionas se refiere al enorme poder disciplinante sobre las personas que existe en China, algo que Han remite a un autoritarismo y obediencia que sería propio de ciertos países asiáticos, y donde actualmente la vigilancia digital es un recurso esencial para el control de la población, prácticamente sin ninguna conciencia crítica respecto a esos recursos tecnológicos. Si el diagnóstico de Han es certero, entonces oriente ya no es simplemente un “código extraño a occidente”, lo que sucede más bien es que la escala del poder que se genera a partir del explosivo acoplamiento de capital global e informatización digital borra esa diferencia orientadora “oriente / occidente”. Lo que hoy entra en un proceso de crisis y acaso de catástrofe es la hegemonía mundial. El filósofo y activista “Bifo” Berardi sugiere que a raíz del COVID 19 hace síntoma una desmovilización general, de tal manera que antes de que el cuerpo enfermara, ya la mente estaba afectada por lo que Berardi denomina “psicodeflación”: una humanidad humillada y rendida desde hace ya un tiempo debido a la impotencia de sus decisiones. Pero, como lo veo, no se trata de la simple pasividad que consiste en quedarse con los brazos cruzados mirando por la ventana y lamentando las soluciones que no llegaron, sino que también ocurriría esa “psicodeflación” cuando ya no somos capaces de pensar que es posible otro mundo, y nos entregamos a una especie de narcisismo herido de muerte que cree que lo único que queda es ver hundirse el mundo, incluso colaborando con la destrucción. Pienso que, como decía Heidegger, preguntarse si uno es optimista o pesimista ante lo que viene es no estar a la altura de lo que está sucediendo.