La búsqueda de la felicidad en lo simple para tiempos complejos

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por Alexandra Goic

Cuando se está en el lecho de muerte seguro nada importa excepto una pregunta ¿logré ser feliz? ¿Fue un estado constante o momentos pasajeros?, ya a esas alturas de la vida no se puede volver el tiempo atrás y lograr conseguir ese objetivo tan completo y preciado por todo ser humano; pero entonces, ahora que podemos buscarlo, ¿cómo hacerlo?

Epicuro y Epicteto son filósofos clásicos que tratan este tema sobre cómo llevar la búsqueda de la felicidad con muchas coincidencias, a pesar de haber estado lejos en vida uno del otro, y también diferencia. Aunque todo lo que de estos se pueda decir no sería más que conocimiento vano si no le encontráramos un sentido o relevancia para aplicarlo en los tiempos actuales.

 

Sobre la felicidad ambos filósofos coinciden en la importancia que tiene en el ser humano, aquello que se busca y debe ser buscada por sobre todas las cosas, pues la consideran como el mayor fin y aquello a lo que debemos aspirar con cada una de nuestras acciones. Aunque Epicteto la describe más vanamente, dice simplemente que siempre debe estar presente y nunca dejar que se nos escape (Epicteto, Manual, p.17), Epicuro es un poco más meticuloso, la describe en un principio como algo que al tenerlo lo tenemos todo, es decir, es completa en sí misma y no requiere de nada más para satisfacer al ser humano, mientras que cuando no la tenemos es la meta. Esto lo lleva a concluir que es principio, pues mueve todas nuestras acciones (Epicuro, Carta a Meneceo, Máximas Capitales y Sentencias Vaticanas p. 11, 14), y fin, pues es lo que se busca con las acciones . Como se puede desprender, para Epicuro la felicidad es placer, serenidad, un estado en el que no hay perturbaciones del alma ni dolor alguno; por lo mismo, él entendía que no hay un punto medio entre placer y dolor, o se siente uno o se siente otro, pues las definiciones de ambos son la ausencia de su opuesto. Epicteto también tenía un pensamiento radical. Hablando de lo bueno y lo malo, él creía que en el camino para buscar la felicidad se tiene que ser bueno en el actuar, como un sabio, y que no existe un punto medio entre el ser bueno o ser malo, pues o corresponde al modo para lograr la felicidad o no y, al igual que Epicuro, creía en la felicidad como estado de imperturbabilidad definido por la ausencia de dolor y pena. Ya que ambos filósofos tienen concepciones prácticamente iguales sobre la felicidad, entonces es de suponer que deben coincidir en cómo conseguirla, pero si es algo que se alcanza, un objetivo, entonces ¿Habrá quiénes no logren ese estado de felicidad? ¿Cómo no se llega a ser feliz? ¿Cómo se consigue?

Con respecto al método para lograr ser feliz ambos filósofos coinciden en ciertos puntos, siendo uno de los más importantes el actuar después de juzgar y calcular las posibilidades en caso de optar o rechazar una acción o algo que se nos ofrece, y las consecuencias que nuestra decisión podría tener en el objetivo de conseguir la felicidad. Para Epicuro esto incluye una práctica de no siempre elegir cosas que sean placenteras o nos proporcionen un bien cuando estos sean pasajeros y a largo plazo o no beneficien y signifiquen una culpa u obstáculo. Lo mismo dice sobre el dolor, que es siempre un mal, pero a veces vale la pena pensando en sus consecuencias si estas nos son benéficas. Este pensamiento se encuentra claramente en la cita “todo placer, pues, por tener naturaleza apropiada a la nuestra, es un bien, aunque no todo placer ha de ser elegido; así también todo dolor es un mal, pero no todo dolor ha de ser por naturaleza evitado siempre”  (Epicuro, Carta a Meneceo, Máximas Capitales y Sentencias Vaticanas, p. 15), él propone que además consideremos qué ocurriría no sólo si se cumple el deseo, sino además qué pasaría si no. Con este pasaje, Epicuro da paso a una de sus grandes propuestas, pero primero; Epicteto coincide sobre el cuidar las decisiones para mantenerse en el buen camino, apunta más a calcular nuestra vida y decisiones o rechazos según la prudencia, dicha virtud que Epicuro plantea como la primera virtud porque da paso a las demás, tomándola como servirse dentro de lo simple y no pasarse a lujos, riquezas y fama que no son necesarios para la satisfacción propia, principalmente porque son deseos sin límites y que nunca nos van a satisfacer, tal y cómo lo expresa al decir “pues cuando una vez se ha sobrepasado la medida ya no hay ningún límite” (Epicteto, Manual, p.37). Epicuro coincide totalmente con esto y plantea también la prudencia como la manera de llevar la vida, así ambos autores llegan a la misma conclusión y que es quizás uno de los exponentes más importantes de su filosofía y la práctica principal para lograr la felicidad, el vivir de lo simple y necesario. Pero ¿Cuáles son esos placeres que si debemos satisfacer según Epicuro? Y para Epicteto que habla de deseos por cumplir ¿Cuáles debemos buscar y cuáles rechazar?

Aquí comienza una de las primeras diferencias entre los autores, aunque placeres y deseos van a significar prácticamente lo mismo, los clasifican de distinta manera.

Para Epicuro los deseos que nos satisfacen y generan placer se dividen entre los vanos (son excesos, deseos que sobrepasan los límites de los otros deseos, tales como la riqueza) y los naturales (aquellos que si no se cumplen no generan un daño) y estos últimos poseen una extensión más que son los necesarios , dichos se refieren a los que aportan directamente para nuestra felicidad, otros para cesar cualquier dolor y finalmente aquellos para el vivir mismo; y por lo mismo son los que deben convertirse en prioridad en nuestras vidas, estos podrían ser considerados como los deseos de un filósofo que entiende que la felicidad no está en los excesos, pero además en la amistad, pues también esta libera al alma de perturbaciones. Entonces tanto la filosofía como la amistad están ligadas estrechamente con la felicidad a tal punto que son condiciones para esta.

Sobre el mismo tema Epicteto plantea, y así parte el Manual, que, de las cosas existentes, aquellas que podemos desear, unas dependen de nosotros y otras no. Estas últimas tienen la característica de estar fuera de nuestro alcance y por tanto desearlas es salirse de la moderación, algo que solamente generará angustia o perturbación en el caso de que no se consigan, así terminaríamos siendo esclavos de un deseo sin límites y jamás se lograría la felicidad. Mientras que aquellos deseos que de nosotros si dependen, dejarán caer sobre nosotros las consecuencias que traigan, sean positivas o negativas, aunque por lo mencionado anteriormente del cálculo, no deberían ser en mayor medida las perjudiciales.

La importancia de estos deseos es que dejan en nosotros la responsabilidad, como le llama Epicuro, o algo parecido a la culpa, mientras que aquellos que nos son ajenos traen consecuencias que si nos afectan, no nos pueden hacer bien ni mal, pues son naturales y no efecto de algo nuestro. Esto significa que todo lo que hacemos es posible ponerlo bajo reproches o halagos que debemos aceptar, no así, es erróneo echarnos la culpa de consecuencias por un hecho ajeno a nosotros, dicho es angustia que no nos corresponde. Lo que sí nos corresponde ante un suceso que nos ocurre sin que dependa de nosotros es la disposición ante este, y en esto los autores coinciden; dicen que para obtener beneficio de aquello se requiere una buena disposición, pero además que es lo único que podemos hacer. ¿Pero qué pasa si a pesar de tener buena disposición no se cumple el deseo? Epicteto responde a esto diciendo que no hay que angustiarse ni perturbarse, pues si hicimos lo mejor y actuamos bien basta, pues si algo está por sobre nosotros no hay nada más en nuestras manos por hacer, tal como se mencionó antes, y sobre todo, no obsesionarse con aquello; pero lo interesante es ¿está el futuro en nuestras manos? ¿Nuestros objetivos están en nosotros realmente aquellos a los que se les dice logrables cuando existen fuerzas mayores contras las que no nos podemos enfrentar?

Para estos dos filósofos el futuro o destino no es como el aire, que no podemos agarrar ni controlar, pero tampoco es algo que cuelga de nuestras manos. Si hay una parte en la que influenciamos dando todo por conseguir en ese futuro de expectativas la felicidad, pero aquello ajeno a nosotros siempre se nos escapa. Epicuro agrega que de las cosas que pasan están aquellas que ocurren por necesidad, azar y por nosotros. Azar, ¿azar? pero el azar no es justo, sin importar la disposición que se tenga ante los desafíos y obstáculos que se nos pongan; y sí, la suerte no es pareja, pero es mejor ser ”desafortunado razonando bien que afortunado razonando mal” (Epicuro, Carta a Meneceo, Máximas Capitales y Sentencias Vaticanas, p. 17) , para el vulgar, o profano como lo llamará Epicteto, el azar tiene tanto poder como una divinidad y es necio en dejar todo en sus manos, un sabio crea su propia suerte poniendo lo mejor en las acciones y sólo esperando que la suerte esté de su lado, pero no depende de ella.

Una fuerza mayor podría ser la muerte (y que además está presente al hablar de futuro), el vulgo, siempre tiene ideas, o representaciones cómo las llamará Epicteto, erróneas y en este caso considera la muerte como algo malo y temible, para Epicuro además del dolor y la pena, el miedo también perturbaba el alma y uno de los grandes a superar el de la muerte, también estaba el miedo a los Dioses, tener una recta opinión sobre el placer y su límite, y el saber prudencial acerca de los deseos y del logro del fin de la naturaleza, y el saber prudencial acerca de su tolerancia. Sobre la muerte no hay que tener una visión de dolor ni temerle y mover la vida por ella, la muerte no es más que no sentir, temerle a la muerte es un sufrimiento elegido, pues no tiene sustento. Sobre los placeres, sus límites y la prudencia ya hablamos, faltan los Dioses, pero antes ¿Qué dice Epicteto sobre la muerte? Él cree que la muerte si genera pesar por la representación que tenemos de la y la importancia de los seres queridos, por eso propone vivir con una actitud de, no sé si la palabra correcta sería desapego, pero sí reducir al mínimo a las personas hasta que queden en el ámbito más común, de manera que su muerte no sea un sufrimiento para quiénes siguen vivos.

Finalmente ambos filósofos concuerdan en que sobre los Dioses no hay que temer, y que quién les teme es porque una mala idea de ellos trae, pues son seres ya dichosos y ese es su mayor poder, “y si no te sirves de lo que te ofrecen, sino que lo desprecias (…) no sólo participarás del banquete de los Dioses, sino que también su poder” (Epicteto, Manual, p.20), con esto Epicteto hace referencia a que la actitud de conformarse de la prudencia o lo simple es una vida divina, tal como la felicidad es una adquisición divina.

 

Así Epicuro plantea las soluciones a los cuatro aspectos que perturban el alma y Epicteto coincide sobre todo con la base de vivir de la simpleza, pero algo que menciona mucho Epicteto y no Epicuro es la auto dominación, saber controlar las tentaciones y emociones, ser dueños de nosotros mismos y no dejarnos caer por las representaciones que los demás manejen o promulguen de nosotros, que en nuestro ser esté todo lo que necesitemos para obtener paz y felicidad. ¿Y esto qué tiene que ver con los tiempos de ahora? Muy poco en el sentido de qué tanto se ve aplicado, pero mucho pensando en una solución. Si todo esto consideráramos, todo lo que estos grandes autores han propuesto, todos llegaríamos a ser felices y cada vez sería más fácil la aceptación y control de uno mismo. Si se dejara de ver el valor de una persona por sus riquezas, cómo viste o habla, quizás no habría segregación de clases, no habría clases, si nos detuviéramos siempre antes de hablar y tampoco dijéramos todo lo que pensamos habría menos discordias y si viviéramos pensando que la felicidad está en lo simple y que los lujos son puramente imágenes vagas y materiales que no nos dicen nada de la persona que los porta, más que quizás no sepa lo obvio que puede ser todo lo que he escrito en estas páginas, donde se comprime parte del gran pensamiento de dos grandes pensadores que sin imaginar los lujos y riquezas que hay hoy en día nos dan lecciones sobre estas, sobre el tiempo que pasamos preocupados por deseos vanos.

 

 

BIBLIOGRAFÍA
Epicuro, Carta a Meneceo, Máximas Capitales y Sentencias Vaticanas, Santiago CL, Ediciones Tácitas, 2018
Epicteto, Manual, Santiago CL, Editorial Gredos, 2019