Mi mejor maestro de filosofía, don Sergio Rábade Romeo (1925-2018).

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por Raúl Velozo Farías

Dado que este escrito es un homenaje a un maestro muy querido y respetado, no podré evitar el componente autobiográfico, porque que como decía otro maestro que también jugó un papel importante en mi vida, Paulo Freire “no hay docencia sin discencia” y yo hablaré como discípulo y amigo; tanto Don Sergio como el que esto escribe teníamos en alta estima el “De nobis ipsis silemus” de Bacon (que como se sabe también estimaba el maestro que hizo famosa la frase de Bacon).

Cuando la Universidad Católica decidió que sus profesores debían ser doctores y nos ofreció algunas alternativas, yo elegí ir a Madrid a doctorarme con el profesor Sergio Rábade; mi razón académica [porque, claro está, también habían razones prácticas] para elegirlo fue que había  leído su libro  “Estructura del conocer humano” de 1966, libro de cuya existencia me había enterado por una recensión hecha por un profesor chileno de apellido Rubio según recuerdo, que residía en Puerto Rico y que, según creo, había sido alumno de Don Sergio en Madrid.

El libro mostraba claramente la influencia decisiva en el pensamiento del profesor Rábade de los dos autores cuya obra me había interesado más a mí hasta ese momento: Kant y Husserl; de hecho había sido becado por D.A.A.D.  en Freiburg donde había estudiado a los dos filósofos con Eugen Fink. Este fue el origen de mi relación con él y fui a Madrid en Noviembre del año 1977, es decir poco después de la muerte de Franco y su dictadura y el comienzo  de la reinstauración de la democracia; mi permanencia y la de mi familia (que duró aproximadamente tres años) tuvo lugar en pleno proceso de transición a la democracia.

Debido a la ineficiente burocracia española me vi forzado a duplicar el número de cursos monográficos a que obligaba el reglamento del doctorado (ocho cursos en lugar de cuatro), a rendir una gran cantidad de exámenes de temas o disciplinas no incluidas en el curriculum de mi Universidad de origen (doce), más lo que se llamaba, en la jerga universitaria del momento, “examen de conjunto”, escribir una nueva tesis de licenciatura (porque no se aceptó la que había escrito con un compañero de promoción en la Universidad Católica); finalmente después de esta pequeña odisea, se me aceptó como doctorando en el Programa de Doctorado de la Universidad Complutense de Madrid.

He relatado esto con la finalidad de mostrar que la “fuerza de las cosas” me obligó a estar en un contacto estrecho y cotidiano con Don Sergio Rábade (Decano en ese momento de la Facultad de Filosofía), tanto porque él impartió cuatro o cinco cursos que debí seguir, especialmente sobre Kant y el tema que a él le interesaba en esos momentos: la relación entre  conocimiento y racionalidad en Kant, es decir un examen detenido de la “Crítica de la Razón Pura” (especialmente de la “Dialéctica Trascendental”), como porque por años nos vimos dos o tres veces a la semana ya que él dirigió mi tesis de licenciatura sobre el problema de la Intersubjetividad en Husserl y la de doctorado que versó sobre el problema de la reducción fenomenológico-trascendental en las “Ideen I” y en la “Filosofía Primera”.

Si yo debiera reducir esos largos y felices años en los que, libres de la insoportable burocracia que ha asolado a las Universidades de todo el mundo (mis amigos ingleses me cuentan que después de Thatcher esa misma burocracia invadió incluso Oxford y Cambridge) dialogábamos libremente por horas sobre Kant y Husserl, la noción de a priori, de conciencia trascendental, de la relación del yo con la conciencia, de cuerpo y la experiencia en Kant y Husserl (recuerdo que a Don Sergio  le gustó nada el libro de su amigo de los tiempos de su docencia en Valencia, Fernando Montero Moliner “El empirismo kantiano”), tendría que decir que por primera vez en mi vida pude discutir, extensa y profundamente, los temas que siempre soñé discutir con un verdadero maestro, es decir, con un hombre que había real y verdaderamente, estudiado los temas que siempre me habían interesado y que nunca había podido discutir con profesor alguno, o  no porque no sabían lo que deberían haber sabido (mis profesores de la U.C., con sólo dos excepciones) o porque su ocupadísima vida académica les impedía dedicarle a sus alumnos o tutoreados el tiempo que ellos habrían querido otorgarles (el caso de Fink). Fue una maravillosa experiencia intelectual que me marcó para siempre, el dialogar con un gran maestro sobre los dos genios que habían sido nuestros “maestros” comunes y que él conocía mejor que yo.

Bien, basta ya de autobiografía. Veamos ahora que aportó Don Sergio Rábade a la filosofía española e hispanoamericana.

Es obvio  que una descripción, incluso superficial, de lo que fue la vida intelectual y académica de España bajo la dictadura franquista es imposible en un escrito como este (si se me preguntara dónde o con quién informarse, yo contestaría lean la obra de Fernando Savater, violenta y apasionada, pero, me parece, nunca injusta). Lo que si todos sabemos es que en las Universidades  predominó un tomismo intolerante y poco original (estilo Santiago María Ramírez O.P. y menos cerril Angel González Álvarez) y que tanto el acceso de los catedráticos a las Universidades como la promoción y la difusión de ideas distintas o críticas eran severamente controlados, como lo atestiguan tantos casos (el de Aranguren, p. ej.).

En este medio tuvo que desenvolverse Don Sergio Rábade y logró hacerlo exitosamente y prosiguiendo (siempre fiel a sí mismo) sus intereses intelectuales primeros (Ockam, Suárez), debidos a su formación original y los que después lo ocuparon el resto de su vida (Descartes, Kant, Spinoza, Husserl). Y ciertamente la tarea no debe haber sido nada de fácil.

Creo que los libros de Don Sergio posibilitaron (por cierto junto con muchos otros elementos de la realidad histórica y social de la España de su tiempo, la paloma de Kant no vuela en el vacío, como lo sabemos muy bien los chilenos dedicados a la filosofía, hic et nunc) la libre circulación de las ideas filosóficas en los lugares en que estas se dan: las Universidades y desde donde, se supone, se vierten hacia la sociedad global. Obviamente, nadie puede ser tan ingenuo para pensar que esto podría ser obra de un solo hombre, aunque el caso de Ortega nos debe hacer meditar; ¿hasta qué punto en la España de Franco se habría podido ejercer la escasa libertad que se ejerció sin la influencia soterrada (ergo profunda) de la gigantesca obra de este hombre?, pero no me cabe duda que la docencia y las publicaciones de Don Sergio ejercieron una influencia vasta y real.

Dejando de lado los clásicos griegos, sobre los que versaron los primeros libros de Don Sergio (Aristóteles, sobre quien escribió su tesis doctoral) y los autores medievales ya mencionados, prácticamente el resto de sus publicaciones (que detallamos más abajo) tuvieron como objeto autores modernos y contemporáneos. Y sin duda, estas publicaciones, estrechamente unidas a su actividad docente, le permitieron llegar a la juventud (y a los adultos) y generar interés y afán de estudio de todos ellos; basta echar un vistazo a la enorme cantidad de tesis de licenciatura y sobre todo de doctorado[1] que él dirigió para darse cuenta de su vasta influencia en el cultivo de la filosofía en España. Y eso no sólo por las pruebas [o “datos”] objetivos sino porque sus discípulos más cercanos lo han  dicho y escrito públicamente, porque lo he oído de ellos mismos.

Sus publicaciones sobre Descartes, Hume, Kant, Spinoza, etc. no sólo fueron ampliamente leídas y utilizadas en la docencia universitaria en España sino también en Hispanoamericana, donde aparecen citadas y fueron objeto de recensiones (elogiosas la mayoría de ellos) en revistas de la especialidad  o disciplina [o de “corriente principal” como se dice tan pintorescamente ahora].

No solo fueron leídas y estudiadas por profesores y alumnos universitarios sino que despertaron el interés por filósofos ignorados o silenciados en España por razones ideológicas [Spinoza, Hume, Husserl  y hasta cierto punto Kant aunque la gran presencia silenciosa de Ortega y García Morente no permitió silenciar u obviar del todo a este último] y produjeron la renovación del interés por su obra, especialmente por Spinoza y Hume y condujeron a un gran número de publicaciones y tesis de doctorado sobre estos dos filósofos [congresos incluidos].

Para terminar, trataré de hacer una  breve semblanza de Don Sergio, apoyándome en un conciso escrito  autobiográfico que él escribió a regañadientes para un número monográfico que la revista “Anthropos” le dedicó y que reprodujo (con algunas modificaciones) en el primero de los seis volúmenes de sus “Obras”; en ambas versiones aparece claramente que a Don Sergio no le gustaba hablar de sí mismo, había poco en él del narcisismo con que suele agobiarnos el prójimo académico.

En estos escritos, luego de recordar a Kant y su cita de Bacon “De nobis ipsis silemus” (“De nosotros mismos callamos” o “de nosotros mismo no hablamos” como traduce Don Sergio) acota que si Kant se expresó así, para todos los demás “el callarse parece una decisión obligada”. Y a continuación se autorretrata: “De entrada, dejemos muy en claro que, al hablar de mi persona, vamos a hablar de un profesor de filosofía. Eso me ha gustado ser, eso he sido y eso soy, tanto en la exposición habitual de las clases como en todo lo que haya podido escribir, temiendo menos que la claridad a veces pudiera parecer divulgación o vulgaridad que el que una aparente profundidad no hiciera más que ocultar la efectiva obscuridad. Por ello, si del filósofo, al igual que del poeta, se quiere decir que nace y no se hace, tengo que confesar que no va conmigo el apelativo de filósofo. Por no saber, ni siquiera sé en qué momento se hizo determinante en mí la atracción hacía la filosofía. Sería bonito tener en la biografía propia una piedra miliar que indicara el punto de comienzo de una clara vocación filosófica, como le sucedió a Descartes con su famoso sueño, a Kant con la gran luz o al adolescente Hume con la revelación de la new scene de pensamiento” pero, añade Don Sergio, que, en su caso, “sólo  puede contar con su carácter un poco reflexivo y con las influencias que experimentó en las Universidades donde se formó: Comillas, Santiago de Compostela y la Complutense de Madrid”.

Por lo que toca a su obra escrita, gran parte de los libros que escribió fue fruto de su docencia [como es y solía ser habitual en Europa]. Mencionaremos los más conocidos de ellos y dejaremos fuera la enorme cantidad de artículos, ponencias etc. con que contribuyó a diversas revistas o “eventos” académicos.

  1. “Guillermo de Ockam y la filosofía del siglo XIV” (1966).
  2. “Verdad, conocimiento y ser” (1996).
  3. “Estructura del conocer humano” (1996).
  4. “Kant: problemas gnoseológicos de la ‘Crítica de la Razón Pura’” (1969).
  5. “Descartes y la gnoseología moderna” (1971).
  6. “Hume y el fenomenismo moderno” (1975).
  7. “Método y pensamiento en la modernidad” (1981).
  8. “Experiencia, cuerpo y conocimiento” (1995)

Según el propio Don Sergio en “Estructura del conocer humano”, y “Experiencia, cuerpo y conocimiento” es donde él expuso con mayor claridad su propia concepción del conocimiento humano: “Descartes, Kant, Husserl… se convirtieron en autores que serían muy importantes como inspiradores o pautas de mi modo de elaborar una teoría del conocimiento. En esta situación (scl. La preparación de oposiciones para la Universidad Complutense) se fraguó el libro que saldría a finales del año (1966). Además de lo que se acaba de decir ‘Estructura del conocer humano’ sigue siendo el libro donde acaso dejé más clara mi modesta concepción del conocer humano” [intercalaré un recuerdo personal; cuando nos visitó en la Universidad Católica Leonardo Polo, profesor de la Universidad de Navarra, al mencionarle yo mis estudios con Don Sergio, me dijo: “Ah, Rábade, el kantiano”. Lo he aludido aquí porque para Don Sergio, la única forma de solucionar la clásica antinomia racionalismo-empirismo, era una concepción trascendentalista del conocimiento, vale decir, inspirada en Kant y Husserl; los conservadores tienen buen olfato… y mala vista].

Respecto al libro “Experiencia, cuerpo y conocimiento”, Don Sergio se refiere a él así: “Tengo que comenzar por decir que, después de “Estructura del conocer humano”, éste es el libro en que hay algo más de mi propia cosecha, no porque deje de lado la historia, ya que el lector puede ver que también en este libro está claramente presente la historia, sino porque contando con esta historia, se intenta discutir y estructurar una concepción de la experiencia desde una perspectiva gnoseológica, sucediendo algo semejante con las relaciones entre conocimiento y corporalidad. Posiblemente se trata del libro que tuve más tiempo en el telar de la elaboración, sin aquello quiera decir que los resultados se corresponden con el trabajo que lo antecede”.

  1. “Kant, Conocimiento y racionalidad” (en colaboración con Antonio Miguel López Molina y Encarnación Pesquero Franco), dos volúmenes (1987).
  2. “Ortega y Gasset, filósofo” (1983).
  3. “Spinoza. Razón y felicidad” (1988).
  4. “La razón y lo irracional” (1994).
  5. ”Conocimiento y vida ordinaria. Ensayo sobre la vida cuotidiana” (1999).

 

A ello habría que sumar, como se dijo, muchos artículos y varios opúsculos, entre ellos, uno sobre Ockam y otro sobre Suárez.

Por último, debo mencionar que un grupo de discípulos de Don Sergio Rábade, de los que algunos son hoy catedráticos de la Universidad de Madrid, han emprendido la edición de las “Obras” de Don Sergio: la comisión está coordinada por el Dr. Antonio Miguel López Molina, quizás el discípulo más cercano al Dr. Rábade. La publicación se efectuó [o se está efectuando] por la Editorial Trotta de Madrid y está planeada en seis volúmenes, de los cuales el primero fue publicado en el año 2003; de esta edición solo conozco los cuatro primeros volúmenes pero tengo entendido que los volúmenes V y VI ya están publicados,

La imagen que yo conservo de Don Sergio es la de una hombre íntegro, probo, trabajador y humilde, intelectualmente abierto y pluralista; en suma, un ser humano desarrollado. Pero, sobre todo, me queda la imagen de un hombre bondadoso, al cual uno no titubearía en acudir en busca de ayuda y consejo en una situación límite (Y de esto puedo dar fe personalmente). Y por todo esto fue mucho más que un brillante y erudito profesor, sino algo mucho más raro y mejor; un maestro de humanidad.

Respecto a otros aspectos de su vida, que él consideraba de menor importancia y de los cuales hablaba con un cierto regocijo irónico, debe mencionarse que recibió la encomienda de la Orden de Alfonso Décimo el Sabio y la medalla Castelao de la Xunta de Galicia (él era nacido en Galicia) y que fue Decano de la Facultad de Filosofía y dos veces Vicerrector Académico de la Universidad Complutense de Madrid.

El mundo académico lo homenajeó muchas veces, siendo las manifestaciones más importantes de ello, el número monográfico que le dedicó la revista “Anthropos” en 1990 y el Festschrift de la Universidad Complutense de Madrid “Conocimiento y racionalidad. Homenaje al profesor Sergio Rábade” (1992), en el que sus alumnos españoles e hispanoamericanos le testimoniamos nuestro afecto y reconocimos nuestra deuda intelectual y humana con él y la enorme importancia que tuvo en nuestra formación.

De mi relación con él solo agregaré que trabajé varios años con él en Madrid, que nos vimos todas las veces que nos fue posible y que me honró con su amistad por más de cuarenta años. Espero, con la virtud teologal de la esperanza, que él esté en la paz y el amor del Gott der Herr, en quién creyó y a quien amó.

 

 

 

Raúl Velozo Farías

 

Viernes Santo, 30 de marzo 2018.

[1]  Cuya lista aparece en el  volumen de homenaje que le dedicamos sus discípulos españoles e hispanoamericanos y del que hablaremos luego.