¿Por qué leer a Humberto Giannini? Experiencia común, diálogo y democracia. Por Cristóbal Friz Echeverría

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¿Por qué leer a Humberto Giannini? Experiencia común, diálogo y democracia

Por Dr. Cristóbal Friz Echeverría, Universidad de Santiago de Chile

1.

¿Por qué leer y releer a Humberto Giannini? Como toda interrogante, ésta está abierta a múltiples respuestas posibles. Para orientarnos en ella, quiero traer a colación unos pasajes de Jorge Millas, un autor muy querido por Giannini, de su discurso “El escritor y el deber intelectual” de 1974. Ahí señala Millas: el escritor es “un aguijón de la conciencia, capaz de profundizarla, expandirla y elevarla a un alto nivel de clarividencia mediante la palabra. (…) Sólo en cuanto el escritor nos induce y nos ayuda a pensar la vida, merece la dignidad de su oficio y el interés de la sociedad. (…) Al escritor compete (…) el socrático menester de sacar de cada uno de nosotros esa potencia de exaltación que llevamos como virtud incipiente en el tuétano del alma. Lo cual es una tarea esencial de pensamiento, esto es, de conocimiento, valoración y reconstrucción de la vida cotidiana. Tarea nada fácil, por cierto; al contrario, dificilísima, cuando no trágica”. Su dificultad, según Millas, radica en “vencer la indiferencia, la desconfianza y hasta la hostilidad de la mayoría de los hombres para el pensamiento destinado a mejorar sus vidas”. Por lo que concluye el autor: “La mayoría de la gente no quiere nada con el intelectual ni con la inteligencia. Tomarlos en serio significa amargar la tranquilidad de la rutina (…) El escritor invita a atenerse a la verdad, es decir, a mirarse el hombre cara a cara y desnudo en el espejo. Ejercicio penoso, indudablemente, para quien ignora que en esa penuria comienza la práctica de la libertad y de la verdadera pureza y que sólo siendo en ese grado libres y puros, pueden dejar de ser los hombres sus propios verdugos” (Millas 1974, 12, 18, 19, 20).

Guiándome por estas indicaciones de Millas, quiero señalar que un autor merece ser leído y releído, en cuento su pensamiento se muestra vigente o actual, en el sentido de que nos invita a mirar –a leer– nuestras propias vidas y los problemas que nos aquejan individualmente y como sociedad. Así, esta breve presentación no tiene otra finalidad que la de poner en evidencia la necesidad de leer y seguir leyendo a Giannini.

2.

Por cierto que en la concepción de filosofía del propio Giannini se encuentra explícita la idea de que la misma, para merecer nuestra atención, requiere de una constante referencia a nuestros problemas (cf. Santos Herceg 2010). En la entrevista que le hiciera Iván Jaksic en 1985, el filósofo afirma: “una filosofía que no le hable al tiempo en que uno vive es una filosofía muerta, y en ese caso yo no la estudio” (Jaksic 1996, 137). Esto se relaciona directamente con la idea de Giannini, de que la filosofía tiene un carácter autobiográfico, y de que por tanto un texto filosófico puede considerarse, en cierto sentido, un diario de vida. Éstas son las palabras con que el autor abre su libro La “reflexión” cotidiana de 1987: “Cuando se dice que la filosofía tiene un aspecto esencialmente autobiográfico –o incluso, diarístico– se está diciendo de otro modo que la filosofía, si quiere conservar su seriedad vital, sus referencias concretas, no debe desterrar completamente de sus consideraciones el modo en que el filósofo viene a encontrarse implicado y complicado en aquello que ex-plica” (Giannini 2004b, 17). 

Pues bien, para comprender el modo en que el propio Giannini se encuentra implicado y complicado en aquello que trata de explicar, conviene prestar atención al quiebre que sufre su pensamiento con el Golpe de Estado de 1973 y la consiguiente instauración de la dictadura militar de Augusto Pinochet. En la entrevista de Jaksic anteriormente citada, Giannini indica que antes del Golpe él era un pensador individualista, preocupado ante todo del estudio y de su carrera académica; muestra de esto, como él mismo señala, es su rechazo a la reforma universitaria. Ahí mismo puntualiza que, en su opinión, con todos los males de la dictadura, ella tuvo la virtud de obligar a pensar, y de sacar la filosofía de su enclaustramiento universitario (Jaksic 1996, 139). La referencia explícita o implícita al Golpe y al cese de la convivencia democrática, como horizonte de las preocupaciones del autor, será recurrente en sus escritos posteriores.

No obstante reconocer este quiebre en su pensamiento, en la entrevista señalada Giannini afirma haber estado siempre tras el mismo problema: la convivencia humana, ya sea mediante el estudio del lenguaje, ya desde el análisis de la vida cotidiana (Jaksic 1996, 139). En efecto, la primera obra publicada por el autor, en 1965, lleva justamente por título Reflexiones acerca de la convivencia humana. Por lo tanto, cabe sostener que el viraje que sufre el pensamiento de Giannini después de 1973, hace relación a seguir abordando el mismo problema, pero ya no desde una perspectiva predominantemente especulativa, sino ante todo práctica.

3.

La orientación práctica del pensamiento de nuestro autor se evidencia principalmente en la búsqueda de lo que él denomina “experiencia común”, la que según él ha de fundar la convivencia humana. Ésta, en su opinión, se encuentra en crisis por la falta de un criterio común que restituya la confianza entre las personas. En sus palabras: “la búsqueda de un sentir común que restituya la credibilidad del discurso humano, no es por cierto tema que interese sólo a un sector delimitado de la filosofía teorética (…). Interesa hoy como nunca a la cuestión dramática de la convivencia, y de ahí, a una filosofía política y a una teoría de la democracia” (Giannini 2004b, 24). Esta pérdida de la experiencia común, que según el autor tiene como consecuencia un sentimiento de desolación o soledad por parte del sujeto contemporáneo, se debe en su parecer a múltiples motivos, como la tendencia de la cultura occidental y su filosofía a cuestionar la validez de los relatos unificadores; y en el caso particular de Chile, a la interrupción de la democracia en 1973, y el consiguiente deterioro del espacio público en beneficio del espacio privado (Giannini 2007, 15,16). Para el filósofo, es imperativo recuperar o reconstruir una experiencia común, pues piensa –siguiendo en esto a Enrico Castelli, una de sus principales fuentes inspiradoras– que ella es “un criterio absoluto de verdad” y de orientación de la vida práctica (Giannini 2004b, 26).

Giannini propone dos vías complementarias de acceso a la experiencia común: el análisis del lenguaje y de la vida cotidiana. Respecto del primero, sostiene que la experiencia común de una comunidad se transmite preferentemente mediante el lenguaje: al comunicarnos, y por el solo hecho de hacerlo, damos cuenta de una experiencia histórica y social que nos antecede; como las estructuras del lenguaje preceden a todo intercambio lingüístico concreto, lo decible está determinado previamente por las modulaciones histórico-culturales presentes en él. En lo que dice relación con la cotidianidad, ésta es para el filósofo el modo primario y más propio por el que un sujeto vive y experimenta su vida, y se identifica en relación a los otros y a la comunidad en general. De un modo sintético, del análisis de ambas instancias, según Giannini, es posible colegir las modulaciones de la convivencia humana en una determinada sociedad, y su cercanía o lejanía respecto de una experiencia común 

Una de las tesis centrales del examen de la vida cotidiana emprendido por nuestro autor, es que ella es normativa y, al mismo tiempo, transgresora de su propia normatividad. Que la vida cotidiana sea normativa, significa que ella decae en rutina; en sus palabras, en “un entramado apenas visible, apenas implícito, de normas y proscripciones, de cuyo acatamiento depende justamente el que no pase nada y nuestra ruta sea humanamente expedita cada día (…) ¿El sentido de la trama? Cerrar por todas partes el acceso a lo imprevisible, a lo que puede sobrevenir desde fuera y truncar la pacífica continuidad de nuestro trayecto” (Giannini 2004b, 42). Consecuencia de ello, según el autor, es mantenernos en una identidad incuestionada; es decir, la rutina prescribe modos de comportamiento a los sujetos, con el fin de que no escapen de los roles que deben cumplir cotidianamente. Esta normatividad, para Giannini, se manifiesta y reproduce en el lenguaje, específicamente en el modo de intercambio lingüístico propio de la rutina: el lenguaje informativo. Éste, según el filósofo, está regido únicamente por el principio de la eficacia: tiende a desencadenar la correcta realización de una orden o una instrucción, por lo que debe prescindir de toda ambigüedad posible. Bajo el carácter normativo de la vida cotidiana, no hay encuentro con el otro, no hay experiencia común, más bien hay aglomeración de soledades.

Sin embargo, y como señalé anteriormente, para Giannini la vida cotidiana, al mismo tiempo que es normativa, es transgresora de la normatividad que ella misma produce, lo que equivale a sostener que a la vez que rehúye la experiencia común, la posibilita. En lo que respecta al lenguaje, esta transgresión tiene lugar en los intercambios lingüísticos que Giannini denomina diálogo, polémica (o discusión) y conversación.    

4.

Deseo detenerme en la búsqueda de la experiencia común en lo que dice relación a la transgresión que tiene lugar en el diálogo, y específicamente en el diálogo moral. Tal como lo caracteriza Giannini, el diálogo es una interrupción de la rutina, es un alto en la misma, a causa de un problema, con el fin de volver a ella, reinstaurando mediante la acción dialogante su normatividad, o quebrantando la misma, a fin de instaurar una nueva. En sus palabras: “es porque la comunicación habitual rutinaria se halla seriamente entrabada en su decurso o porque está francamente en crisis, que el diálogo llega a hacerse indispensable. Tenemos que entenderlo, pues, como meta-lenguaje y suspensión reflexiva de aquello que veníamos haciendo consuetudinariamente y que ya no nos resulta o no nos resulta tan bien. Un alto en el modus vivendi, en el curso rutinario de las cosas. Transgresión a su modo irreflexivo de ser” (Giannini 2004b, 80). 

Entre las condiciones señaladas por Giannini para que el diálogo sea efectivamente la búsqueda en común de un acuerdo o una verdad, destaca el que los sujetos dialogantes no consideren sus ideas como posesiones que deben defender a toda costa, sino que antes bien las traten como huéspedes que hay que saber dejar partir en caso de ser necesario (disposición que el autor denomina “conciencia hospitalaria”), con el fin de alcanzar un acuerdo y, mediante él, una experiencia común (cf. Giannini 2004b, 82-83). La conquista de esta experiencia común tiene lugar ante todo en la experiencia moral, al punto de que en el libro que lleva por título justamente La experiencia moral, de 1992, ambos términos tienden a coincidir. Quiero detenerme brevemente en algunas de las consideraciones de Giannini sobre el diálogo moral y su relación con la experiencia común.

La primera hace relación al carácter ineludible de la experiencia moral. Ésta es, como señala el autor, la experiencia que tiene todo sujeto, cotidianamente, de los significados de “bueno” y “malo” (“justo” e “injusto”, etc.), tanto respecto de sus propias acciones, como de las acciones de los demás en el “espacio civil”, es decir, el espacio conformado por las interacciones subjetivas. Conviene destacar que la perspectiva de Giannini se opone a los moralismos de índole realista, que postulan que los significados de “bueno” y “malo” tienen un valor objetivo, independiente de los sujetos. Para nuestro filósofo, si bien no hay un significado objetivo de lo bueno y lo malo, es indiscutible que todo sujeto tiene una experiencia cotidiana de los mismos, tanto en relación con sus propias acciones como con las del resto; y aun cuando jamás puedo conocer a ciencia cierta las intenciones que movilizan las acciones del otro –por lo que el otro, en el plano moral, es siempre un “sujeto inobjetable”, y por tanto, el enjuiciamiento es siempre una predicación injustificada tanto gnoseológica como éticamente–, en mi condición de sujeto, no puedo dejar de evaluar mi conducta y la de los demás, en base a determinadas expectativas de lo que debieran ser las cosas; no hacerlo implicaría, según Giannini, renunciar a mi condición de sujeto moral (cf. Giannini 2004a). 

La segunda consideración que deseo traer a colación hace referencia a la relación que establece el autor entre experiencia moral, diálogo y democracia. Para Giannini, la experiencia moral es estructuralmente dialógica, sólo acontece en un intercambio lingüístico caracterizado por dos polos contrapuestos, el enjuiciamiento y la justificación. Su resorte es el enjuiciamiento (ej. “me engañaste”), en el que denuncio una falta, una deuda de ser de la conducta del otro respecto de lo que yo considero exigible en una situación dada. Su contraparte es la justificación (ej. “en verdad no te quise engañar; lo que en verdad sucedió fue que…”, o “disculpa, no fue mi intención engañarte”), en la que el enjuiciado manifiesta que pese a la apariencia de su acto, su intención sí coincidía con lo esperado o exigido por mí. Como la verdadera intención del otro es algo que nunca puedo conocer a ciencia cierta (pues en su condición de “sujeto inobjetable” el otro me puede mentir, puede mentirse a sí mismo, o abiertamente, por el medio que sea, no asumir una “disposición hospitalaria”), el mismo diálogo es una acción enjuiciable, una conducta moral. No obstante señalar sus dificultades teóricas y prácticas, Giannini sostiene que el diálogo es condición para el establecimiento de una sociedad democrática en la que pueda conquistarse una experiencia común, por lo que afirma que “la instauración de una ‘sociedad dialogante’ es un imperativo moral” (Giannini 2004b, 83).

Deseo destacar, por último, que para Giannini, “la experiencia común es experiencia de un conflicto siempre renovado; un anhelo de aclaración jamás satisfecho plenamente” (Giannini 2004a, 264). Como los significados de bueno y malo no tienen una validez objetiva, no obstante en cuanto sujeto moral no puedo dejar de evaluar mi propia conducta y la de los demás en términos morales (es decir, en relación a mi expectativa de cómo debieran ser las cosas); y como no puedo jamás conocer a ciencia cierta la intención del otro, y el otro no tiene por qué coincidir con mi expectativa –y por tanto, puede ver mi enjuiciamiento como algo arbitrario o caprichoso, y no justificarse ante él, es decir, no mostrarse dispuesto al diálogo– la experiencia moral (cotidiana) es el lugar de un conflicto siempre abierto; y la conquista de una experiencia común es un proceso forzosamente inconcluso. 

5.

Para finalizar, y volviendo a la pregunta inicial –¿por qué leer a Giannini?, es decir, ¿en qué medida nos convoca a pensar nuestros problemas?–, si bien las reflexiones señaladas sobre la experiencia común, el diálogo y la democracia, pueden parecer abstractas y alambicadas, ellas constituyen la base con la que, en diversas ocasiones, el autor ha abordado algunas cuestiones centrales de la sociedad chilena actual, como el estado de nuestra democracia y de nuestra educación.

Respecto de lo primero, ha criticado la democracia de los acuerdos que, en la llamada transición democrática, fijó la toma de decisiones políticas al nivel de las dos grandes coaliciones de gobierno, impidiendo que la ciudadanía participe activamente en la discusión de los temas que nos afectan como comunidad. Consecuencia de ello, para Giannini, es que la nuestra no sea una sociedad dialogante, que construya democráticamente una experiencia común (cf. Hopenhayn 2014).

En lo que dice relación con la educación, se ha opuesto a las políticas educativas neoliberales instauradas en el país desde la década del 80, y su consiguiente segregación socioeconómica: al nivel escolar, una educación de buena calidad para quienes pueden pagar el servicio educativo en instituciones privadas, y una de mala calidad para quienes pueden pagar poco o nada en las instituciones públicas. Junto con ello, ha criticado que nuestra educación se centre más en prepararnos para las exigencias competitivas del mercado, que en la instauración de una ciudadanía activa y participativa. Para Giannini, la educación vista como un bien de consumo, y no como un derecho que la sociedad debe a los individuos que nacen en su seno, es uno de los mayores impedimentos para una sociedad democrática, integrada, capaz de construir por sí misma una experiencia común (cf. Giannini 2001, Águila y Guzmán 1995).

Bibliografía

Águila, Ernesto y Manuel Guzmán (1995) “Humberto Giannini. Hacia una sociedad reflexiva” (Entrevista), Revista de Educación, n° 230, Santiago, diciembre, pp. 17-20.

Giannini, Humberto (2001) “Ética de la proximidad”, Análisis de prospectivas de la educación en la región de América Latina y el Caribe, Santiago, UNESCO, pp. 13-26.

Giannini, Humberto (2004a) “La experiencia moral” [1992], La “reflexión” cotidiana. Hacia una arqueología de la experiencia, Santiago, Universitaria, pp. 215-316.

Giannini, Humberto (2004b) La “reflexión” cotidiana. Hacia una arqueología de la experiencia [1987], Santiago, Universitaria.

Giannini, Humberto (2007) La metafísica eres tú. Una reflexión ética sobre la intersubjetividad, Santiago, Catalonia.

Hopenhayn, Daniel (2014) “Última conversación con Humberto Giannini: ‘Sigo pensando en Sócrates, padre del diálogo callejero’”, The Clinic, 11 de diciembre. En http://www.theclinic.cl/2014/12/11/ultima-conversacion-con-humberto-giannini-sigo-pensando-en-socrates-padre-del-dialogo-callejero/

Jaksic, Iván (1996) “Humberto Giannini”, “La vocación filosófica en Chile. Entrevistas a Juan Rivano, Humberto Giannini, Gastón Gómez Lasa y Juan de Dios Vial Larraín”, Anales de la Universidad de Chile, Sexta Serie, n° 3, septiembre, Santiago, pp. 129-141.

Millas, Jorge (1974) “El escritor y el deber intelectual”, De la tarea intelectual, Santiago, Universitaria, pp. 9-27.

Santos Herceg, José (2010) “Democrática, crítica, viva, arraigada, actual, provocadora, dialógica. La idea de filosofía tras la Breve Historia de la Filosofía de Humberto Giannini”, Aguirre, Marcos y Cecilia Sánchez (ed.) Humberto Giannini: Filósofo de lo cotidiano, Santiago, LOM/Universidad Academia de Humanismo Cristiano, pp. 125-139.