Y ganó filosofía: Pero ¿qué filosofía?

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Columna de opinión publicada en El Mercurio, 
Lunes 10 de diciembre 2018

 

«… la filosofía, que se creía fuera de peligro, está de nuevo en medio de él. El peligro no había pasado. Sus contenidos se deciden hoy de espaldas a los cultores de la disciplina y sin informar a la ciudadanía…».

Diana Aurenque
Vicedecana de Investigación y Posgrado,
Facultad de Humanidades
Universidad de Santiago

Cuando la Comisión Nacional de Educación (CNED) ratificó en abril de este año la propuesta de incluir a la asignatura de filosofía en el currículum de formación general de estudiantes de tercero y cuarto medio, la comunidad filosófica sintió un profundo alivio. Luego de una serie de intensos debates y controversias en el espacio público, docentes, estudiantes de filosofía y amplios sectores del país recibieron la buena noticia como un reconocimiento público y estatal sin precedentes. Por primera vez en la historia, todos los y las estudiantes secundarios/as de Chile, ya no solo quienes asisten a la formación científico-humanista, sino también estudiantes de colegios técnicos y artísticos, podrían acceder a conocimientos que hasta ahora les eran vetados.

Había motivos suficientes para celebrar.

Sin embargo, el entusiasmo por esta democratización de la filosofía, según se sabe ahora, fue el fruto de una lectura fugaz de acuerdo de la CNED. Pues si bien se aprobaba la presencia de la asignatura, no se aprobaron los contenidos que presentaba la propuesta. Así, la asignatura ganó un espacio, pero quedó pendiente delimitar su contenido. Quedó pues un vacío, según se ve ahora, a discreción de la autoridad. Y aquí comienza una etapa más de una nueva y paradójica situación en la que se ve envuelta la filosofía: la disciplina que precisamente surge en el seno del ágora, en el espacio público, compartido y discursivo; precisamente ella, se ve decidida y determinada en medio de un absoluto hermetismo y discrecionalidad.

La nueva Unidad de Currículo actual del Mineduc decidió, en efecto, unliateralmente, desechar la propuesta que había asegurado el lugar de la asignatura en el currículum; propuesta que había sido trabajada por expertos y expertas, considerando a diversos actores y estamentos del mundo filosófico y que gozaba, por tanto, de legitimidad y representatividad. En su lugar, se decidió elaborar otra propuesta e invitar a algunos/as personas del mundo académico y secundario en calidad de «expertos» para enriquecerla. Mientras que los y las académicos/as yo misma entre ellos tuvimos tres meses de trabajo, los y las profesoras de establecimientos secundarios se reunieron en dos oportunidades. Durante estas sesiones, no pocas veces quienes asistimos especialmente los miembros de la Asociación Chilena de Filosofía (ACHIF)— insistimos en la necesidad de abrir la propuesta para su evaluación y discusión. Pues es evidente: ¿quiénes pueden saber mejor cómo enseñar y qué enseñar que los profesores de filosofía? Parece ser claro que una propuesta desconocida para la comunidad no puede exigir legitimidad alguna.

Pese a estas insistencias, esto no se hizo. Es más, incluso quienes participamos en esas mesas jamás tuvimos acceso a la propuesta final de la Unidad de Currículo, la que, con la misma reserva que nosotros padecimos, se envió a la evaluación del CNED. Como consta en el acta de CNED de principios de octubre, la nueva propuesta también fue observada; esta vez, de forma mucho más amplia, al extremo que, incluso en sus contenidos, parece contradecir completamente sus propias exigencias.

Así, la situación es incómoda y a la vez urgente: el hermetismo con el que se están decidiendo los contenidos de una de las asignaturas más difíciles de enseñar —como advirtió de forma sin igual Kant, pero también tantos otros— es injustificable. Adicionalmente, resulta del todo insólito que dos instituciones estatales como el CNED y el Mineduc, encargadas de dimensiones esenciales de la cultura, que es la experiencia pública por antonomasia, crean que es correcto discutir este tema en medio del sigilo y la sombra. Insólito además que instituciones afectas a la Ley de Transparencia no informen a la ciudadanía —no obstante existir una petición formal— s0bre propuestas curriculares que la afectan directamente.

Nada de esto es aceptable.

Quienes consideramos que la filosofía constituye precisamente el saber que, paradigmáticamente, expone y pone al descubierto estructuras, valores y contextos implícitos que silenciosamente articulan nuestra realidad, no podemos admitir que ella se delimitada en la oscuridad de un conventillo.

Hacerlo traiciona a la filosofía, y si lo toleráramos, nos traicionaríamos a nosotros mismos.